Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

8 de diciembre de 2010

Monasterio de La Concepción, Casa Madre de la OIC, Toledo

 

Homilía del Emmo. Dr. D. Carlos Amigo Vallejo

Cardenal Arzobispo emérito de Sevilla

 

Hermanos sacerdotes, queridos hermanos franciscanos, hermanas de la Orden de la Inmaculada Concepción, queridos hermanos y hermanas:

¡Qué misterio, qué misterio tan grande! Por singular privilegio y en virtud de los méritos de Jesucristo, la bienaventurada Virgen María, desde el primer instante fue concebida sin mancha de pecado original. ¡Qué misterio! Pero el misterio, para nosotros cristianos, no es algo oscuro, impenetrable, como una especie de muro contra el que uno se da la cabeza; es el amor de los padres a sus hijos que, cuanto más disgustos les dan, más les quieren. Esto es un misterio…, por lo grande, por lo hermoso, por la luz que tiene dentro.

El misterio, no es oscuridad, es luz, y una luz muy grande que nos ayuda a ver las cosas como son, porque tantas veces queremos ver estando completamente ciegos, tantas veces queremos tocar las cosas y nos faltan las manos del amor, del cariño, de la comprensión. ¡Misterio grande es este, pero es el misterio de Dios! Dios, no está encadenado… “¡Es que los momentos difíciles en los que vivimos! ¡Es que…tantas cosas…, agresividad…!” Dios no está encadenado.

¿Cuántos años hace que murieron tus padres? ¿La muerte te ha encadenado de tal manera el corazón que no puedes seguir queriéndolos? ¿Dónde viven tus hijos o tus nietos? ¿A muchos kilómetros de Toledo? Ni un solo día, ni un solo instante, dejas de tenerlos a tu lado; es esa la libertad que da el amor, tú puedes querer y, ni la muerte, ni la distancia, ni cualquier circunstancia y momento, puede privarte de este amor.

El hombre ha pecado, el hombre ha vuelto la espalda a Dios, el hombre no quiere saber nada de Dios, pero Dios sí quiere saber del hombre. Esta es la libertad de Dios. No hay nada que al Padre le pueda distanciar del amor de sus hijos y, por encima de todo -el hombre ha pecado, se ha apartado de Dios, es verdad-, Dios no puede ser de otra manera.

“¡Olvida a tu hijo, hombre, que te está matando a disgustos!”

“Pero si es que no puedo, es que no me deja, porque es carne de mi carne y vida de mi vida y no puedo pensar ni hacer de otra manera, porque somos una misma cosa, el amor nos ha unido en esta forma que ya no podemos separar lo que Dios ha unido”.

Este amor tuyo por tus hijos, por tus nietos… Dios es amor y quiere a su hijo y opta siempre, por decirlo de alguna manera, por el bien; y esto es lo que significa precisamente el misterio de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María: que Dios es bueno y que nada, absolutamente nada, le va a impedir que quiera a sus hijos. Es el bien y esta es la señal: una mujer concebida sin pecado y llena de gracia; esta es la señal, este es el resplandor del misterio.

El pecado, no es más fuerte, ni mucho menos, que la gracia y la bondad de Dios y Jesucristo llega a las entrañas purísimas de la santísima Virgen María para hacernos vivir, comprender, sentir, gozar, esperar con este misterio de Dios. Jesucristo dará su  Sangre y la primera redimida, la más querida, su Madre.

Misterio admirable el que hoy nosotros celebramos con la Iglesia, y lo celebramos de una forma particular con estas hermanas Concepcionistas que cumplen quinientos años del comienzo de su forma de vida en la Regla para esta Orden. ¡Quinientos años! ¡Cinco siglos…! Las cosas cambian, el amor permanece. Cuando tu hijo era pequeño le querías con toda el alma y cuando es mayor también; tu hijo ha cambiado, tu amor permanece, porque la historia de nuestra salvación no se cuenta ni por días, ni por años, ni por meses, ni por siglos, se cuenta por amores, y ese amor encendido de santa Beatriz de Silva a Dios, que se manifestaba de esta manera tan admirable en el misterio de la Inmaculada Concepción, hizo que naciera una Orden especialmente dedicada a hacerla brillar, a ser un libro permanente en el que se pudiera leer y comprender y vivir el misterio de la Inmaculada Concepción.

Pero nuestras hermanas llevan una vida muy especial, como muy lejos de todo. ¡Cómo muy lejos de todo…! Llevan una vida en silencio. ¡Qué silencio más elocuente! Ese silencio que está hablando y nos habla, además, con un lenguaje que entendemos todos perfectamente, el lenguaje de la sencillez, de la humildad, de una dedicación completamente llena de ese deseo de alabar a Dios en todas las cosas. Es un silencio que entabla cuántas y cuántas y cuántas veces… Tú, en silencio, estás viviendo profundamente el amor a las personas que quieres; y dentro, puede ser que estés completamente destrozado o destrozada por un dolor inmenso, y ese silencio es la manera de amar, es tragarse las lágrimas para que no sufran los que te están viendo. Este es el silencio de nuestras hermanas.

Y es una vida en soledad y en clausura. A veces nosotros hablamos de la renuncia a cosas, renuncia a la familia, al pueblo, a las cosas materiales, renuncia a esto, renuncia a lo otro, pero pocas veces hablamos nosotros de la renuncia al espacio, al lugar, al sitio, y esta renuncia -por ejemplo, en el matrimonio la renuncia a uno mismo es para querer en concreto a la familia- al espacio las hermanas quieren dedicarla en todos los lugares, partes y situaciones del mundo; esta renuncia al espacio es universalidad. La clausura no limita, no separa, acerca; esta es la comunión precisamente, la unidad, en aquellos que siguen a Jesucristo.

Hoy es fiesta que celebra mucho la familia y tu hija no va a ir a Misa, ni va a comulgar y te duele, pero tú vienes a Misa y comulgas, por ti y por ella. Qué misterio de hermanos, de comunión, de unidad. Pues esto es lo que hacen nuestras hermanas, que viven con la humanidad entera viviendo esa comunión íntima y profunda más allá de los espacios. Nuestras hermanas, llevando una vida escondida, esconden su cara para que se vea la cara de Dios, esconden su rostro para que se vea resplandeciente el amor de Dios. Este es el misterio, grande y admirable que Dios nos ha revelado en la santísima Virgen María.

Hoy nosotros, en este día de una forma especial, recordamos estos quinientos años, pero los recordamos sin nostalgia; no es un tiempo que ha pasado, son unos valores y unas virtudes que permanecen y sin nostalgia.

“Y, ¿qué será de nosotros mañana?”

“Pues que Dios nos querrá con toda el alma”.

Así es cómo vivir, pero nos hace falta, ciertamente, esa fuerza para fiarse de Dios. Llega el ángel que dice que va a ser la Madre de Dios… Pero esto ¿cómo puede ser? No, la santísima Virgen dice: “Yo quiero lo que quiera Dios…”

La santísima Virgen, rindiéndose, se pone en las manos de Dios. Y ¡como uno se ponga en las manos de Dios…! ¡Lo que es capaz de hacer Dios cuando uno se pone en sus manos! Por obra y gracia del Espíritu Santo el Verbo se hizo hombre y la mujer se hizo Madre de Dios. ¡Lo que es capaz de hacer Dios, cuando una mujer se pone en sus manos! Nosotros ponemos un poco de pan en las manos de Dios y, por obra y gracia del Espíritu Santo, el pan se convierte en Eucaristía. ¡Lo que es capaz de hacer Dios cuando alguien se pone en sus manos!

Pues que todo sea para alabanza de Dios y de Jesucristo, el Señor, y de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María y también de la Orden de nuestras hermanas Concepcionistas. Amén.