Santa Misa de apertura

HOMILÍA DEL SR. ARZOBISPO PRIMADO

D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA

 

Casa Madre de la Orden

Toledo, 18 de septiembre de 2010

 

Mis respetos a todas las Monjas Concepcionistas que os habéis reunido en este antiguo palacio de Galiana y la capilla de Santa Fe, que Isabel La Católica donó a santa Beatriz como casa para la nueva fundación que anidaba en su corazón desde treinta años atrás cuando ella llegó a Toledo y vive vida de oración y penitencia en Santo Domingo el Real, pero sin ser monja ni profesando clausura; eso sí, velando su cara para que nadie descubra su belleza. Tal vez así compensaba la Reina Católica los disgustos que su madre proporcionó a Santa Beatriz como dama de su corte.

La andadura comenzó en 1484, con otras doce jóvenes y la ayuda del franciscano P. Juan de Tolosa. La nueva familia religiosa alternaba la oración con el trabajo. Sin embargo, era necesario tener un carácter peculiar, que será el que dé sentido a su vocación y el que Roma aceptará como carisma de la orden: la pasión de Cristo el culto a la Eucaristía y, sobre todo, la devoción a la Inmaculada Concepción de María. No fue difícil con el respaldo de la reina Isabel que Inocencio VII apruebe la orden, pero Beatriz de Silva muy pronto cae enferma. La enfermedad se acelera. Como cristiana, Beatriz se prepara para el encuentro con Dios; como religiosa quiere recibir el hábito y profesar en la orden  recién aprobada. Delante de su hijas y de seis religiosos franciscanos cumple con su sueño de consagración a Cristo Esposo y muere el 17 de agosto de 1491.

Todos conocéis las peripecias de la nueva obra, la modificación sustancial que la Reina Católica consiguió de Alejandro VI en 1494, que pone a las monjas bajo la orden de santa Clara; las tensiones posteriores, hasta que Julio II por la bula Ad statum prosperum, otorga la aprobación definitiva en 1511. Este es el Centenario que abrimos hoy y que sin duda llenará todo un año. Felicidades, Hermanas, por lo que supone de fidelidad y de plasmación del espíritu de Santa Beatriz esta Regla para vuestra vida. No olvidamos que las hijas de Santa Beatriz se vincularon muy pronto a América, pues es la primera orden contemplativa que llegó allí y difundió la devoción a la Inmaculada en esos países hermanos. En el díptico que habéis preparado para esta ocasión describís vuestra vida con claridad y concreción.

Es verdad, Hermanas, que no celebramos hoy la fiesta de santa Beatriz, pero sí celebramos la Eucaristía con los textos del 17 de agosto. Los textos bíblicos son suficientemente significativos, sobre todo los del NT, como para exhortaros, Hermanas Concepcionistas, al seguimiento entusiasta de Jesucristo, a vivir este carisma con la ayuda del Paráclito, pues el Espíritu Santo crea en nosotros, si somos dóciles a su gracia, una manera muy concreta de vivir y de actuar siguiendo las inspiraciones de ese Espíritu bueno. Jesucristo se compromete, a morar con el Padre y el Consolador en nosotros.

Santa Beatriz fue santa. ¿Qué quiere decir esto? Sencillamente que ella vivió en su persona la sencillez y la belleza de lo verdadero sin adornos, en las obras y la palabra; la serenidad y la mirada limpia que nace de la certeza de la bondad de Dios; una piedad que parece brotar de ella tan naturalmente como la respiración: una piedad hecha de confianza y de abandono de sí misma y de las cosas, de las personas y de los acontecimientos, en las manos del Señor, y hecha de un amor muy grande a la Eucaristía y a la Santísima Virgen, en el misterio de su Concepción Inmaculada. Este es el punto fontal de donde mana el atractivo que irradia su persona, porque en ella hay libertad y amor.

Todas estas cosas son bienes que los humanos consideramos preciosos, que todo el mundo anhela, que constituyen para la mayoría de los seres humanos la aspiración más verdadera y honda de la vida. Y, sin embargo, es evidente –la experiencia lo demuestra todos los días- que no somos capaces de darnos estos bienes a nosotros mismos, y por eso, en cuanto los vemos en alguien, reconocemos en esa persona, como santa Beatriz, la presencia de Dios, la acción de Dios, la gracia de Dios.

Pero una vida así, un amor de este calibre, que todo ser humano desea y necesita, no nos lo podemos dar a nosotros mismos, ni recibirlos de ningún ser humano. No se lo podemos dar a las personas que queremos, ni siquiera a las que más queremos, más que de una sola manera: haciendo sitio en nuestra vida a Cristo, y acogiendo su don, el don de su Espíritu Santo, alma y vida de su Iglesia. Por eso ese amor era una señal, una marca de identidad de los primeros cristianos, y como tal fue señalado por el Señor: “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis unos a otros” (Jn 13, 35).

Pero hay que decir aquí algo que es tremendamente serio y que afecta a nuestra generación de cristianos. El ideólogo italiano del eurocomunismo, A. Gramsci, escribió en algún lugar que si hoy viéramos a alguien tomarse con seriedad la verdad del Evangelio nos parecería un monstruo. Y a veces parecería que estaría en lo cierto, por dos razones. Primera porque es verdad que para muchos que nos llamamos hoy cristianos el Evangelio tiende fácilmente a ser un hermoso cuento de hadas que no tiene más función que la de enseñarnos unos pocos “valores” morales a los que se podría llegar también con la mera razón y sin ese testimonio de la Iglesia acerca del acontecimiento de Jesucristo que es el NT.

Pero, en segundo lugar, porque ver a alguien vivir la fe de la Iglesia, y vivirlo todo desde la fe de la Iglesia, nos produce –dado el contraste tan radical con las preocupaciones y las categorías del mundo en que vivimos- la impresión de que estamos ante alguien de fuera de este mundo, cuando en realidad el que vive así tiene una humanidad llena de belleza y de atractivo, una humanidad que deja percibir en ella la serena belleza infinita de la gloria de Dios, pues los santos, como santa Beatriz, no son sino los testimonios transparentes de que el Dios vivo, cuya vida Jesucristo nos ha comunicado, es capaz de llenar la vida de sentido, de gusto, de belleza y de verdad.

Con lo cual, llego yo a una conclusión: respecto de los santos, es preciso evitar una fuerte tentación. Y es que en la consideración de los santos no logramos evitar mirar de frente lo que significa la persona, en este caso, de santa Beatriz, o lo que significa en general un testimonio de Cristo que se pone ante nuestros ojos. Con otras palabras, atribuimos lo llamativo de la vida de los santos a sus “cualidades”, ya sea a los rasgos psicológicos o temperamentales del sujeto que da el testimonio, o a los frutos del esfuerzo sobrehumano, titánico, que le hizo llegar a tener esas “cualidades” extraordinarias.

En los dos casos, la santidad aparece como una obra humana, y las virtudes se entienden como “cualidades” o como fruto del esfuerzo voluntarista del hombre. Así se entiende muchas veces la santidad, y en general la vida cristiana, en muchos ambientes nuestros. Y no es así como se han entendido la santidad o las virtudes en la tradición de la Iglesia, pero tampoco es extraño que nosotros la entendamos de esta manera, viviendo como vivimos en un mundo que vive de la herencia de la Ilustración, en el que el primer dogma es que el hombre se hace a sí mismo, se construye su propia plenitud.

A decir verdad, el hombre que creía que se daba la plenitud a sí mismo era el llamado “hombre moderno” tradicional, pero de ese tipo de hombres y mujeres quedan cada vez menos. En nuestras sociedades saciadas de consumismo y desesperadas del capitalismo tardío, o si requiere, de la postmodernidad, lo normal es pensar que eso de una posible plenitud humana es un cuento fantástico, y que sólo se trata de vivir el presente, sacando de él el mejor partido que se pueda, aguantando como se pueda lo que no haya modo de evitar, comprando cuantas más cosas mejor, y divirtiéndose lo más posible y pensando lo menos posible. En el fondo de la realidad, después de todo, vienen a decirnos, no hay nada, y nuestro destino es el mismo que el de las hormigas o las hojas de los árboles: el olvido, en medio del enorme bostezo del cosmos… Es una tragedia sin tragedia.

Este modo de vida y de pensamiento –el dominante hoy- es la conclusión lógica de la pretensión de la modernidad. Es la consecuencia inevitable de querer hacer un mundo sin Dios, de construir un mundo humano sin la gracia, sin la experiencia de la gracia y del amor de Cristo. Muchos siglos de cristianismo, y de participar en la Eucaristía y en la vida de la Iglesia –aún en medio de torpezas y pecados sin cuento por parte de todos- nos habían enseñado a los hombres y mujeres lo que era la humanidad, la razón, la libertad, la gratuidad y el perdón; nos habían enseñado a vivir como hermanos unos con otros, aunque tantas veces no lo lográbamos. Y con ello, nos habían enseñado a amar la poesía y la música, el color y la alegría de vivir. En eso consistía la plenitud humana en esta tierra en definitiva, en la medida en la medida en que esa plenitud es posible en este mundo. Pero en un mundo cristiano, esa plenitud es ya un anticipo de la vida eterna en el cielo, de esa participación en la abundancia infinita de la vida divina para la que hemos sido creados.

Ahora son muchos los que piensan que la vida humana podemos construirla nosotros solos, sin Iglesia y sin Cristo. Pues bien, una vez que Cristo ha sido apartado de la obra de la plenitud humana, cuando el destino del hombre deja de ser considerado como participar de la vida de Dios, resulta que el canto al hombre, a la razón y a la libertad, y a la fraternidad y al amor que había entonado la modernidad se ha ido apagando poco a poco. ¿Comprendemos ahora la necesidad que tenemos de hombres y mujeres cristianos que sean santos, como santa Beatriz y como tantos y tantos que propone la Iglesia o que vemos y con los que nos encontramos sin duda en nuestras comunidades? ¿Cómo no seguir prestando a la sociedad ese servicio de la santidad del que sigue a Cristo? Seguimos necesitando de la Communio Sanctorum, sin duda. Lo pediremos para vosotros, Concepcionistas Franciscanas, cuya Regla queréis seguir viviendo, en fidelidad a san Beatriz. La Virgen Inmaculada os ayude.